Y así, sin quererlo, se nos fue de las manos

Esta es la historia de un día aparentemente normal, con amigos normales y en una ciudad normal, como la tuya o la mía. Una historia de las que se repiten todos los fines de semana y el protagonista de la misma es cualquier “chica o chico del Quinto“. La historia de un día al azar en el que quedas a tomar el aperitivo y juras y prometes que no te liarás, que volverás a casa a comer o a lo sumo después, para dormir la siesta, descansar y leer. Que ya no estamos para muchos trotes y los fines de semana están para lo que están: descansar. Sí, ya.

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La historia empieza así: el encuentro con los amigos. Un momento, habíamos quedado tres o cuatro (los de siempre), pero el “he avisado a fulanito” deriva en que esto empiece a parecerse a la romería de mi pueblo. En fin, no me voy a complicar demasiado porque ya lo he dicho antes, esto no ha hecho más que empezar y el comienzo pinta más que bien. Pues eso, comenzamos con las primeras cervezas, brindis, risas, felicitaciones por triunfos laborales/personales de algunos y más risas, esas que no falten. En esto que son las 16:30 de una tarde de sábado y creo que es buena hora para comer algo y, como estáis pensando, no en casa precisamente. Toca decidir el sitio, aunque en realidad da igual, lo importante es la compañía y seguir alargando ese día, que es nuestro, y esas risas, también.

Después de más brindis y ya con el estómago lleno, ¿Quién se va a casa? Descartamos la siesta sabadera, mañana será otro día, de siesta y de resaca. El café de las 19:00 lleva al gin-tonic de las 20:00 y así todo. Y como dice la canción “y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres…”. Porque definitivamente esto ya se nos ha ido de las manos y aquello que por la mañana se asemejaba a la romería de mi pueblo, por la noche se ha convertido en una auténtica procesión de amigos por las calles de Madrid, con sus paradas obligatorias y risas de rigor. En realidad nos habíamos abandonado a nosotros mismos, habíamos perdido literalmente la noción del tiempo, pero estábamos felices. Pocas veces logramos reunirnos todos y ese era el día. No podía fallar.

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Lo que quiero decir es que, sin pensarlo demasiado, de una manera espontánea, la mañana perfecta llevo a la tarde perfecta y acabó siendo la quedada en el día perfecto. Porque ya lo decía al empezar, esto es una historia normal. Pero es nuestra historia, nuestro día y nuestro recuerdo de cómo, así, sin quererlo, se nos fue de las manos. Un día que recordaremos siempre, sin planearlo, dejándonos llevar por el tiempo y la compañía. Que al final es lo que cuenta.

Stitched Panorama

Imagino que al leer esto, muchas personas se habrán sentido identificadas, al haber experimentado un día así en algún momento de sus vidas. Pues por esas personas. Por esos días. Por esos amigos. Y porque se nos vaya de las manos una y otra vez. Y a aquellos que aún no se le haya ido de las manos, déjense llevar, abandónese a la amistad, ríndanse a la compañía, a las risas y a no saber qué hora es. Porque no pasa nada. Porque todo está bien. Y porque es la mejor terapia para dejar los problemas a un lado.

No planeen demasiado, no se trata de eso. Ya saben, un día normal, de una ciudad normal, con amigos normales…

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A mis amigos, a esos momentos vividos y a los que nos quedan por vivir.

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