Esa extraña pareja

Coco Chanel y Salvador Dalí. Esa extraña pareja. Amigos y residentes en…qué más da. Dos figuras de tal calibre pueden residir donde quieran y que quede bien. Si la propia ciudad de Dallas cayó rendida ante el talento de Coco, entonces vale cualquier cosa. Y Dalí, a Dalí se le perdona todo. Ellos hacen que un simple gesto cotidiano e incluso vulgar parezca tan artístico, tan bello…y tan raro a la vez.

Porque es así, es raro. Dios los cría y ellos se juntan, como suele decirse. ¿Cómo dos personas aparentemente tan opuestas pudieron forjar una “sólida” amistad? También dicen que los polos opuestos se atraen, quizá sea eso. No sé, pero he de decir que siento una gran fascinación por ello. Y desde que vi por primera vez la fotografía de la extraña pareja en cuestión no puedo, ni quiero, dejar de pensar en cómo serían esas conversaciones entre los dos genios, esas reuniones, esas fiestas de ambiente totalmente surrealista, nunca mejor dicho. Ese primer encuentro.

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Y después de esto es normal que puedan surgir algunas dudas: ¿cómo se conocieron? ¿quién los presentó? Poco se sabe de esta peculiar amistad, dejémoslo ahí. Por eso, adopto el papel más novelesco y empecemos a soñar…

Ese encuentro no pudo ser algo casual, ni espontáneo. No. Estamos hablando del encuentro entre dos hemisferios artísticos. Por lo que, pongamos un poco de imaginación,  y situémonos en un bonito café parisino. Fuera llueve y así todo es más bohemio. LLuvia y París, excelente combinación. ¿Falta algo? Ah, sí. Un cigarro, ¿necesitas fuego Coco?

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Bien. Ambiente parisino a finales de los años 30, pero quiero recalcar que no estamos en ningún café surrealista del barrio de Montmatre. No. El comienzo de esta bonita amistad déjenme que lo sitúe en la place Vendome, considerada el epicentro de la moda y que, según dicen, sirvió de inspiración para la creación del mítico perfume nº 5. Muy bonito todo. No podía ser de otra forma.

¿Por dónde íbamos? Ya…Estos dos genios se conocen… por casualidad, y hablan y se sumergen en una conversación en la que uno busca estar a la altura intelectual del otro. Y viceversa. Una especie de disputa para saber quién es más genio de los dos. Porque no puede ser de otra manera. Y es que el destino quiso unirlos así, en torno a un café noir y el humo de un cigarrillo.

Una vez elegido el escenario, quiero imaginar que estos dos personajes se encuentran rodeados del mejor ambiente artístico, bohemio, literario y decadente, a pesar de que ahí fuera, en el mundo real, las cosas no pintaban demasiado bien. Fiestas clandestinas. Derroche de extravagancia. Jazz de fondo. Risas. Humo. Algún que otro baile pretencioso. Mesas redondas donde los grandes intelectuales de la época (y los que querían serlo) divagan sobre la nada, sobre la existencia, sobre lo divino y sobre lo humano. Y allí, en medio de este bullicio: Gabrielle y Salvador. Cómo me gusta. Quizá no es la época de mayor éxito para ninguno de los protagonistas, pero son ellos, con eso debería ser suficiente. ¿Otro cigarro Mademoiselle?

Y van pasando los días, con sus noches, y la extraña pareja afianza su amistad ajena a la realidad y a los enfados de la pobre Gala, la sufridora Gala, la fiel acompañante en la sombra. Gala. Qué papel tan dramático el de esta mujer, ¿no creen? Dicen por ahí que esa bonita amistad acabo en romance, aunque también dicen que Dalí lo hizo por “fastidiar” a Gala. Tremendo.

Pero mejor seguir soñando bonito. Soñar con fines de semana que discurren en el glamuroso ambiente de Montecarlo, con sus elegantes vestidos, su lujo inalcanzable y sus casinos.  Soñar con esa convivencia de tres durante unos meses. Esos meses que quedarían en el olvido, en pura anécdota. Porque lo importante, insisto, es lo que ellos vivieron. Y eso se quedó ahí, para ellos. Nosotros podemos soñar mientras contemplamos esa fotografía. Imaginar y divagar. Siempre en torno a un café noir y a un cigarrillo. Y volvemos al jazz. Y a las fiestas. Y a los bailes.

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Pero llegó el momento de la despedida. Y como hablamos de dos genios, aquí no hay lugar para  llantos, ni penas, ni adiós amargos. Cada uno debe seguir su camino. Conquistando y revolucionando las reglas artísticas y estéticas del momento. Cada uno con su arte y sus historias, que son muchas y cada vez más grandes.

Una pena que poco o nada se conserve de esta peculiar amistad. Alguna fotografía y un cuadro. El único cuadro que Coco tuvo en su vida. Un lienzo que muestra unas espigas de trigo sobre fondo negro (las espigas son el símbolo de la Alta Costura). Ese cuadro colgó de alguna de las paredes del número 31 de la Rue Cambon. Y ese cuadro, curiosamente, lleva la firma de un tal Salvador.

5 comentarios en “Esa extraña pareja

  1. marisa gv dijo:

    Ohhhhhhhhhh que bonito.¿Te has fijado con qué ojitos mira Salvador a Coco????Hay había más que una amistad.Que época aquella.Un post muy bonito.

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