Invitados a La Chica del Quinto: “Mi, me, (pero) contigo” por Cristina Romero

Hoy cedo la palabra a la periodista Cristina Romero, redactora de la revista Esquire y una apasionada del mundo de la moda, la escritura, la lectura y el chocolate. Para La Chica del Quinto es todo un orgullo contar con una persona tan increíble como lo es ella, tan bonita por fuera como por dentro, de esas personas que no hay que dejar escapar. Por si no lo sabéis, os lo adelanto, sus palabras destilan una sensibilidad extrema, desprenden magia, son puro sentimiento.

Gracias Cristina por estar siempre al otro lado.

No se la pierdan,

“Mi, me, (pero) contigo” por Cristina Romero

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Mi vida. Mi salud. Mi trabajo. Mi familia. Mi futuro. Mi risa. Mi llanto. Mi siesta. Mi té de media tarde. Mi onza diaria de chocolate. Mi teléfono avisando de bombas nucleares de emails que hay que contestar incluso antes de haberlos abierto. Mi vida entera pasando delante de un ordenador mientras escribo los artículos. Mis pensamientos de ahora, después y más tarde. Mi infusión de antes de dormir. Mi colección de libros clásicos releídos una y otra vez. Mi todo. Mi yo.

Pero contigo.

Con frecuencia se nos olvida que para querer a Dios no hay que olvidar a la Virgen. O lo que es lo mismo, que para cuidarnos a nosotros mismo no hace falta descuidar a la persona que tenemos al lado. Es tan obvio como enfermízamente olvidadizo, y eso me enferma aún más.

Siempre nos han dicho las malas o buenas lenguas que en la vida nunca podemos mirar a un lado. Salvo en el amor, eso se olvidan de apuntárnoslo en el manual que no nos dan cuando un buen día nos lanzan a la piscina, sin manguitos, y sin decírnoslo nos dicen: ‘Nada, que quien nada no se ahoga’. Justo en ese momento nadie se acuerda de decirnos que en cosas del amor sí que hay que mirar a un lado, concretamente al lado en el que se encuentra nuestra pareja. Mirar al frente está muy bien, como cuando vas conduciendo, que tienes que poner la mirada en el horizonte para no hacer tal día un año. Justo en ese momento, mirando al frente, estás cuidando de ti. Mi, me. Pero el golpe lo tienes asegurado si no echas una mirada de soslayo a los retrovisores de ambos lados. Sigues mirando por ti porque sigues al volante cuidando de tu vida, pero te preocupa lo que tengas al lado. Mi, me, (pero) contigo.

Y toda pregunta sobre el cómo se responde de la misma manera: acostumbrándose. Acostumbrándose a vivir por dos y no por uno, a pensar en el bienestar ajeno más allá del propio, a buscar cada detalle que haga sonreír a ese alguien. Porque, lejos de lo que parezca, cuidando de los demás nos cuidamos a nosotros mismos. Transmitir lo que queremos para recibir lo mismo y estar en el punto de ebullición de ser exactamente quienes somos, como diría Frida Kahlo, pero sin olvidarnos de los espejos retrovisores.

Mi yo de toda la vida contigo para que tu yo de siempre esté conmigo. Y lo sabrás, sabrás que estás ante tu persona cuando trate tus problemas en plural. Justo en ese momento sabrás que tienes al lado no a un alma gemela, sino a quien se encarga de sacar todo lo que tienes reprimido dentro de ti, la que te complementa y no te anula, la que es capaz de ponerse a los pies de los leones para que tú mires el espectáculo desde un sillón de terciopelo, provisto de comida y bebida. O la que a pesar de sus temores, dudas, barreras, rejas y rosales, no dudaría en pasear contigo por el cementerio de las horas muertas.

La persona más imprescindible de tu vida: la que llega para derribar tus muros y toma el relevo a tu madre entrando en tu habitación despertándote con el odioso sonido de la persiana descarnándose por los railes.

La misma, también, que puede compararse a una brisa de aire fresco: primero te deja sin respiración sintiendo que te ahogas con el aire atropellado que entra por tu boca, llega a tus pulmones y termina partiendo tu diafragma en dos para después permitirte respirar tranquilo. Y sonríes. Porque eso que ha provocado que tus niveles de adrenalina se disparen hasta la inconsciencia es lo mismo que el cuerpo te pide que no dejes de experimentar.

Mi, me, (pero) contigo. Como filosofía. La atención a uno mismo de la mano de entrega a los demás. La vida y el amor unidos en una sencilla frase: Esto te va a doler, disfruta.

Como dijo Richard Burton de Elizabeth Taylor en una carta escrita de su puño y letra: ‘Es una amante que te vuelve loco. Es tímida, ingeniosa y no se deja engañar. Es una actriz brillante, bella hasta extremos que superan los sueños de la pornografía. Puede ser arrogante y obstinada, es clemente y cariñosa… Tolera mis imposibilidades y borracheras. Es un dolor de estómago cuando estoy lejos de ella. ¡Y me quiere! Y yo la querré hasta que me muera’.

Esto te va a doler, disfruta.

¿Por qué? Porque al final uno termina quedándose con quien verdaderamente quiere quedarse. Esa persona que no te pide que vuelvas, sino que va a regresarte una, dos y las veces que hagan falta. Únicamente porque quiere quedarse.

Y yo, probablemente una de las almas más bohemias y apasionadamente enamoradas de los detalles, no puedo negar que una de mis máximas aspiraciones en esta vida es que alguien, en algún momento de su (o mi) vida, diga: ‘Me he puesto en lo peor y allí también estabas, Cristina’.

No hay amor sin espinas, nos han vendido desde el inicio de los tiempos. No hay amor sin miedo y sin ganas de salir huyendo, pero a mí me gusta comparar el amor con mi profesión. No hay forma de que un artículo salga adelante sin haber rehecho cada línea tantas veces como para agotar la paciencia. Hay que coger a alguien, como se coge un folio, y borrar. Borrar mucho sobre el mismo folio para aprender a escribir. A querer. Para que después de haber odiado cada letra sobre ese folio, haberte dado ganas de abandonar y presentar tu dimisión emocional, cojas tu artículo, que tanto has emborronado, y sepas que nunca tendrás un compañero mejor de faenas.

Por eso yo (te) escribo, porque mi mente (te) besa. Y porque puede, sólo puede, que escribir sea besar con la mente. Y a escribir sólo se aprende habiendo borrado mucho. Así que borra, escríbeme. Bésame.

Es la única forma que tengo de querer y, por tanto, la única forma de sentirme querida.

Así que, como entona ese estribillo, ‘Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción’.

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