Pueblito bueno

Esta es la historia de un amor como no hay otro igual…Como decía la canción. Un amor infinito, incondicional, puro. Para siempre.

Recuerdo ser una casi adolescente, no sé muy bien a qué edad empieza esta fase en la vida de las personas, pero sí, pongamos que hablo de la adolescencia. A esa edad en la que todavía uno no sabe si viene o va, si sube o baja, si entra o sale. Esa edad en la que se empiezan a entablar amistades que, en algunos casos, fraguan y te acompañan durante toda la vida. Esa edad de evaluaciones imposibles, tardes de risas, noches de estudio, mañanas de sueño, modelitos impensables (ahora) y una tontería elevada a su máxima potencia (esto a todos nos ha tocado, aunque sea de soslayo). Ahí, justo a esa edad, encontré algo que no valoraría hasta pasados unos cuantos años. Ese tipo de cosas, sucesos en esto del vivir, que te forman como persona. Que son tus raíces para el día de mañana. Tus cimientos. Tus valores. Tu mundo.

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Podría tener unos doce o trece años, no lo recuerdo demasiado bien, cuando pisé por primera vez el que sería mi pueblo. Por diversas razones que no me harán entretenerme demasiado, no tuve pueblo, como tal, hasta esa edad. Puedo describir perfectamente los primeros fines de semana que pasábamos en familia alrededor de la chimenea, con la casa medio vacía y las paredes aún oliendo a pintura. Esos viernes por la tarde a la salida del colegio con un rumbo más que conocido. Cómo ha cambiado todo. Ahora parece otra casa. Tiene un jardín zen y todo. Qué bonita está.

El caso es que, a esa delicada edad, hacer nuevas amistades resulta complicado, más aún, en un marco donde los grupos y pandillas están más que asentadas desde años o, incluso, generaciones. Todas estas novedades en la vida de una adolescente es algo que resulta demasiado difícil de entender y, casi, de explicar. Resulta costoso crear un nuevo ambiente (rural) cuando crees que el tuyo (de asfalto)  está a algunos kilómetros de allí. Pero las metas están para superarlas, hay que alcanzarlas y esto no era más que una nueva etapa en el camino de la vida, de mi vida.

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No quiero extenderme mucho en este punto pero, diré, que los años pasaron, hice amigos, algunos de ellos son “mis mejores” en la actualidad, los de siempre para siempre como me gusta decir, conocí al que hoy es mi marido y, lentamente y sin darme apenas cuenta, ese pequeño pueblo me fue encandilando hasta ganarme por completo.

Sí, queridos. Me siento totalmente afortunada de tener eso, un pueblo. De tener un sitio al que escapar cuando todo se viene encima. Un sitio donde respirar aire puro se convierte en algo cotidiano, normal. Donde coger tomates y zanahorias, ciruelas y cerezas es “lo que hay”. Donde poder hacer tus propios ramos de flores silvestres, los más bonitos. Donde la vida pinterest se convierte en una realidad palpable. Donde juntar el desayuno con el aperitivo y esto con la comida es divertido. Donde salir a pasear es toda una aventura. Donde saludar cuando te cruzas con alguien (lo conozcas o no) es una costumbre. Donde te saldrán primos que no conoces y que probablemente ni lo sean, pero es que en los pueblos todo el mundo es primo de alguien. Eso es así y mejor no discutirlo.

Un pueblo donde salir a tomar algo y terminar la noche con un grupo de más personas de las que podrías imaginar no resulta extraño. Donde el “en invierno no se te ve el pelo” es la frase de la temporada. Donde los fines de semana se contaban por las fiestas del pueblo que tocaba. Donde salir a las 4 de la tarde en pleno mes de agosto con la bici era el pan nuestro de cada día. El lugar de los mejores veranos. De las Semanas Santas. Y de los Puentes de Mayo. El lugar donde tocar la campana los domingos en misa.

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El pueblo donde aprendes qué son las “corujas”, el “perifollo”, el pan de hogaza, jugar a “tierra descubierta” en la plaza, al “zorro” por todo el pueblo, las merendolas en cualquier otra parte, las acampadas, barbacoas y paellas que allí saben infinitamente mejor, las competiciones encubiertas de algunos vecinos por ver quién tiene los mejores tomates de la temporada, el cine de verano, las excursiones improvisadas, la piscina bien fría, andar sobre la hierba mojada, ver estrellas fugaces de verdad, ¿el “carro” es la Osa Mayor o la Menor? la duda eterna, el “a las cinco abajo”, las anécdotas para toda la vida, las risas insuperables, los partidos de nada, el mus de las tardes, el fresquito de las noches de verano, el frío que cala hasta los huesos del invierno más bonito. Los pinos, los acebos, las encinas, el romero, el olor a leña. El ladrido de los perros callejeros. El silencio más absoluto. La paz más verdadera.

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Todo eso, y mucho más, es lo que se encuentra uno cuando tiene pueblo. Y digo mucho más porque es verdad, la vida de un pueblo lejos de ser aburrida, es apasionante, intuitiva, llena de cosas por descubrir, por vivir y, sobre todo, por sentir.

Y es que hoy, lo que tocaba era abrir un poquito el corazón…Dejarme llevar por el sentimiento de un amor que estaba escondido, pero estaba ahí. Esa historia como no hay otra igual. Un amor infinito, incondicional, puro. Para siempre.

LCDQ

5 comentarios en “Pueblito bueno

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