Los buenos son más, muchos más.

¿Dónde está el límite? ¿Vivimos atemorizados? ¿Amenazados? ¿Intimidados? ¿Desconfiados? ¿Desencantados? Son muchas las preguntas para acabar con una simple respuesta: sí o no. Si te debates entre una de las dos contestaciones, tranquilo, estás en mi equipo. Me centro y te aclaro…

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Hace unos días, mientras que esperaba dentro de mi coche a que la puerta del garaje terminara de abrirse para entrar, vi como un joven que no superaría los 20 o 22 años se acercaba serio y decidido hacia mi, hacia el coche. En ese momento nos miramos fíjamente, ambos con gesto serio: uno porque sabía lo que iba a hacer, yo por todo lo contrario. Mientras mi cabeza iba por libre a mil por hora, barajaba entre cientos de opciones que pudieran aclararme la razón por la que aquel individuo desconocido se acercaba a mi coche…Fueron segundos, no creo ni que llegara a eso, en los que yo, aferrada al volante pensé, por un lado, arrancar y seguir de frente, por otro, entrar rauda y veloz al garaje y una última opción era, simplemente, mantenerme en el interior del vehículo con el seguro de las puertas activado…por si acaso.

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Finalmente esos eternos (micro)segundos pasaron y pude descubrir lo que aquel chico pretendía…Cuando alcanzó mi coche se agachó y cogió de la parte delantera un enorme plástico que se había quedado enganchado en la matrícula. A saber desde cuándo estoy circulando con eso…pensé. El chico se levantó medio sonriendo y me enseñó aquello que acababa de quitar. Los dos nos volvimos a mirar – esta vez mi cara tendría un aspecto mucho más relajado, estoy segura-  y sonreimos. Tras esta escena,  le di las gracias un par de veces antes de emprender mi camino. Él siguió el suyo.

Eso había sido todo. La vida que durante escasos instantes se detuvo para mi, seguía su ritmo imparable y frenético. Pero yo no. Cuando terminé de maniobrar dejando el coche aparcado me tomé el privilegio de quedarme dentro unos minutos para examinar con detenimiento, y desde la tranquilidad del momento, lo que acababa de vivir.

Aquel chico sólo quiso ayudar y yo sólo pude desconfiar.

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¿Por qué? ¿Por qué razón tendemos a pensar mal de los desconocidos? ¿En qué momento cambió la tendencia de sentir que el hombre es bueno por naturaleza?

La cuestión es que, en medio de este caos y convulsión en el que nos encontramos,  cuesta pensar en los demás como personas buenas. Simple y llanamente ver en los ojos ajenos a gente de bien, dispuesta a ayudar y ayudarse, atentos, simpáticos, amables…¿Es tan complicado?

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Como contestación diré que es posible que todo se trate más bien de un asunto propio, de algo más personal. Me explico, muchas veces pienso que cada uno, yo la primera, deberíamos hacer un esfuerzo por controlar el malestar, mal humor colectivo, desgana universal, mal despertar…llámenlo como quieran. El que no te conoce, la persona que está delante de ti en el atasco, el chico con el que esperas el semáforo, la señora que entra al mismo tiempo que tú al supermercado, el que espera la larga cola del cine…Ellas, todas esas personas, no te conocen de nada, tú a ellas tampoco, por eso, ¿qué sentido tiene mostrarles nuestra peor cara?

Con esto tampoco quiero decir que haya que ir repartiendo flores allá donde vayas…no, hombre no, no es eso. Sólo apuesto por intentar llevar una vida más tranquila, más relajada, más…¿lenta?. Y es que es posible que al final todo sea un asunto del tiempo. De dar y tener tiempo. De tomar tu tiempo. De respirar. De cerrar los ojos de vez en cuando. De contar hasta diez o hasta veinte si fuera necesario. De disfrutar despacio. De dar valor a lo pequeño, a lo diminuto, a lo más insignificante. De volver a mirar con los ojos de un niño. De dejarse sorprender. De querer que pasen cosas. De creer en las personas. De darles un voto de confianza.

De pensar que los buenos siempre ganan porque ellos son – somos- muchos, muchísimos más. ¿Lo dudabas?

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6 comentarios en “Los buenos son más, muchos más.

  1. La cesta de mi Bici dijo:

    Que reflexión tan bonita y necesaria. Creo que a todos nos hubiera pasado como a ti. La cabeza, a mi al menos me pasa, primero me enseña o recuerda lo malo. No lo sé, quizás los medios de comunicación ayudan a que nos fijemos en las malas acciones, cuando el mundo está lleno de gente buena y buenas acciones. Voy a intentar poner mi granito de arena y poner mejor cara en la cola del super 😉. Un besazo!!

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