Cuando las despedidas son amargas

No sé si tener demasiados recuerdos de un determinado lugar puede resultar del todo positivo o más bien lo contrario. Lo digo por ese temido momento de la despedida, cuando no hay vuelta atrás y el adiós para siempre es la única palabra aceptada. El lugar de las memorias del pasado, de la infancia, de los primeros años y torpes pasos. El lugar de las reuniones, de las celebraciones y de la vida dominical en familia. Recuerdos que el paso de los años se han encargado de formar en gran parte a la persona en la que uno se va convirtiendo.

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Si ahora cierro los ojos puedo transportarme a ella, a ese lugar, sin moverme del sitio. Puedo recorrer con la mente cada uno de sus rincones, esos que han sido testigos de mis juegos, mis risas y mis enfados. Puedo tocar sus paredes, sentir su textura y mirarme en sus espejos sabiendo de antemano lo que reflejarán. Puedo contar los pasos que hay de una estancia a otra sin miedo a desviarme en apenas unos centímetros. Puedo mirar a través de sus ventanas, sentarme en sus sillas, contemplar la escena cotidiana de alguien cocinando o preparando algo para merendar, las risas al otro lado del salón, el ruido…Ese ruido que se esfumó hace tiempo por…bueno, por cosas de la vida.

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Recuerdo su puerta e irremediablemente me acuerdo de él, abriéndola de esa forma tan suya, lenta y meticulosa, casi con dejadez. Inconfundible. Recuerdo las tardes de domingo cuando apenas tenía ¿8? ¿10 años? Recuerdo sus vistas, las mejores de todas mientras imagianaba ese día que finalmente llegó. Un entorno único, decían. Y no se equivocaban. Un lugar perfecto para vivir. Otra gran verdad. ¿Lo malo? Siempre las escaleras.

Y entonces, van pasando los años, creces y vas creando tu camino, dejando a un lado lo que no te aporta, lo que ya no. La vida, que pasa y sin darte cuenta llega el momento que tarde o temprano sabes que acabaría apareciendo. Y sí, queridos, las despedidas siempre son amargas, eso no me lo pueden negar. Echar la vista atrás y comprobar cómo hemos cambiado, como he cambiado desde entonces. Porque es irremediable e inevitable hacer un repaso mental y vital cada vez que un acontecimiento llama a tu puerta. Es como si necesitaramos evaluarnos, hacer un examen, no sé si me explico.

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Lo que quiero decir es que resulta muy complicado despedirse de lugares donde habitan tus recuerdos y donde están tus memorias más tempranas. Es muy complicado decir adios a una etapa. Es difícil explicarlo con palabras que queden medianamente ordenadas cuando los recuerdos se agolpan en la mente.

Tenía que decirlo.

Tenía que despedirme de ese lugar. Aunque resultase amargo.

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3 comentarios en “Cuando las despedidas son amargas

  1. La cesta de mi Bici dijo:

    Oh Bea… Sin palabras… No te lo vas a creer, yo me tuve que despedir de un lugar muy muy especial para mí, donde pase mi infancia de verano, donde pasé de ser bebé, niña, adolescente… Donde hice mi primera pandilla, y construí mi primera casa de árbol. Donde descubrí amistades que aún perduran en el presente y los primeros enamoramientos juveniles. Lloré ríos de lágrimas… Ahora después de años de esa despedida a ese lugar, sonrío al acordarme de él, pero no soy capaz de acercarme sin derramar alguna lágrima de emoción. Un besazo enorme amiga.

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