Os debía una explicación

Más de tres meses han pasado desde la última vez que me asomé por aquí. Demasiado. “Hace mucho que no publicas en el blog” “¿Por qué no escribes?” “¿Cuándo vuelves?” Son algunas de las preguntas sin respuesta que me han hecho durante estas últimas semanas de retiro casi absoluto. Mentiría si dijese que yo tampoco me las he hecho en algún momento, puede que casi a diario. Pero es que ni yo sabía por dónde empezar, ni mi propia cabeza era capaz de ordenar tanta hormona descontrolada, lágrima caprichosa y sentimiento a flor de piel.

Lo mejor es empezar desde el principio, así me entenderéis mejor…

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Y llegaste tú para cambiarlo todo

Llegaste a mi vida por casualidad, como llegan y pasan las cosas importantes de verdad, cuando nada me esperaba, cuando nadie me aguardaba. Llegaste cuando pensaba que nadie más lo haría, cuando trataba de convencerme que nada era para siempre mientras hacía brindis al sol por esos amores que se quedaron en el camino, esos que no pudieron ser. ¿Sabes? El otro día escuché que somos fruto de las casualidades y, lo cierto, es que en buena parte no puedo estar más de acuerdo con tal afirmación. Soy y seré una firme defensora de ese todo que siempre pasa por un algo.

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Cuando las despedidas son amargas

No sé si tener demasiados recuerdos de un determinado lugar puede resultar del todo positivo o más bien lo contrario. Lo digo por ese temido momento de la despedida, cuando no hay vuelta atrás y el adiós para siempre es la única palabra aceptada. El lugar de las memorias del pasado, de la infancia, de los primeros años y torpes pasos. El lugar de las reuniones, de las celebraciones y de la vida dominical en familia. Recuerdos que el paso de los años se han encargado de formar en gran parte a la persona en la que uno se va convirtiendo.

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